Todo empezó un día cuatro de agosto en Vitoria. La plaza de la Virgen Blanca, repleta de gente. No cabían más, esperando la bajada del Celedón.
Enrique desvió la mirada y vio una cara conocida y se dijo ¡cómo me suena esa persona! ¡Yo la conozco! ¡Sí es Lucas mi compañero de la universidad!
Con dificultad para moverse llegó hasta él.
- ¿Eres Lucas?
- Sí ¿y tú... eres Enrique?
- Sí!
Se fundieron en un abrazo de esos que crujen y que intentan resumir en un en un gesto un montón de años sin verse. La química de la amistad se revivió. Caminaron juntos hasta un café. Se sentaron frente a frente y lo que empezó con un ¿qué es de tu vida? se transformó en una escalada de recuerdos vividos.
Hablaron de los sueños cumplidos y del tiempo que moldeó lo que ahora era. Las tazas de café se multiplicaban. Sus relatos no tenían fin: amoríos, familiares, etcétera
Tenían demasiado que recuperar. El tiempo avanzaba y no se daban cuenta de que la noche iba pasando. La primera luz del día teñía de rosa los bordes de los edificios, pero ellos con rostros cansados, así se quedaron hasta el amanecer...
Flori
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