martes, 12 de mayo de 2026

LA DUEÑA DE MI PROPIO TIEMPO

Playa de Comillas
Fuente: Luis Fermín TURIEL PEREDO en Wikimedia Commons

Palmira estaba de vacaciones con su familia en un pueblo costero del norte de España. Quería disfrutar del verano, que de momento era caluroso y apacible, pero en su mente rondaba un deseo desde hacía un tiempo. Quería pasar momentos sola. Los necesitaba. Quería relajarse y no sentirse culpable por ello. 

Aquella mañana decidió que tenía que olvidarse un buen rato de los niños, de su marido, de la casa, de las compras, de las comidas, del trabajo. Consideró que ya estaba sobrecargada de tareas, incluso en vacaciones, su marido le delegaba muchos trabajos. Así que decidió que esa situación, a la cual se había acostumbrado de tal manera que era como una adicción ella, la iba a cambiar. 

Se levantó temprano y sin decir nadie a nadie, se dirigió a la playa, desierta a esas horas, sin tumbonas, sin sombrillas, sin niños. Solo ella, las gaviotas y el rugido del mar. Aquel paisaje, con un incipiente sol que calentaba su cuerpo. Aquella arena blanca, suave como una alfombra. Y el agua salada, mojando sus pies, la hacía levitar. Estaba feliz de poder seguir caminando. 

Fuente: Pxhere

De repente, observó unas huellas en la arena. No eran humanas. Eran huellas de algún perro que también caminaba en solitario como ella. Al llegar a una zona de rocas, las huellas desaparecieron bajo las olas, que la marea al subir empujaba hacia la arena.

Se sentó en las rocas escudriñando la playa para conseguir ver a un perro, pero no lo encontró.  Aquellas huellas la hicieron recapacitar y reflexionar. Pensó que en la vida hay multitud de huellas. Algunas desaparecen de nuestro cerebro, las borra. Otras dejan heridas, y estas heridas a veces vuelven a brotar. También hay huellas que son muy buenas y perduran en el tiempo, y nos hacen sanar en ese instante. 

Palmira solo veía huellas a su alrededor: las huellas en su piel, las huellas en su cuerpo, en su alma, las huellas de su infancia. Estaba tan concentrada en sus pensamientos que no se dio cuenta que un perro se había sentado detrás de la roca. Fue su olor el que la hizo volver a la realidad. Palmira, al verlo, se levantó, lo acarició, le sonrió, le dijo cuatro cosas y tomó el camino de vuelta a casa, feliz de haber estado un rato sola. 

El perro la acompañó, con lo cual las huellas que dejaban en la arena eran dobles. Al llegar, la familia estaba desayunando y ella se llevó una sorpresa muy agradable. Los niños estaban aseados y vestidos y el desayuno preparado encima de la mesa. Incluso se lo tenían preparado a ella. El hermano mayor le preguntó mamá ¿pero dónde estabas? ¡nos has dando un susto!. Vaya, respondió Palmira, no era esa mi intención tenía ganas de estar sola y de pasear y pensar y que sepáis que lo voy a hacer todos los días. Nadie se opuso.

De repente los niños divisaron a un perro en la puerta. Llegaron a la conclusión de que el perro había sido abandonado, pues no tenía ninguna identificación. Los niños pidieron permiso para adoptarlo. Los padres asintieron. Le pusieron de nombre Mañanero y durante todo el verano, Palmira y el perro caminaban juntos por la playa al amanecer. Palmira, cada día que pasaba, estaba más orgullosa consigo misma. Estaba cumpliendo su propósito de dedicarse tiempo a ella misma, poco a poco. Era como subir una escalera escalón a escalón y esperaba llegar hasta el último peldaño de su escalera, dueña de su propio tiempo.


***

Y como este escrito va de huellas y hoy es el último día de escritura creativa quiero decirle a Maite gracias por tantas cosas que nos has enseñado. Por inculcarnos el placer de escribir, incluso de leer. Y que sepan que dejas una huella imborrable y preciosa en nuestros corazones. ¡Y esperamos repetir la experiencia contigo el curso que viene!

Mari Carmen

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