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| Fuente: Takkk, 2009 |
No eran las palabras las que te daban la bienvenida sino el crujido del suelo de madera. Me detuve en el umbral, cerré los ojos y sonreí. No sé cuánto tiempo pasé, pero para mí la felicidad fue cuando, al abrir la puerta, salió un aroma a café recién hecho que había preparado la abuela, como de costumbre, para un buen recibimiento.
Felipe

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